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Letrados de la Administración de Justicia

Diario de un Letrado en Estado de Alarma: El objetivo, la protección de la salud pública

No estaba seguro de querer abrir los ojos. Siempre seguía, para hacerlo, un mismo patrón. Entornaba primero el más próximo al cuerpo suave que dormía a su lado. Tenía que asegurarse que seguía allí, o no tendría fuerzas para levantarse.

Era el décimo segundo día del confinamiento decretado con el Estado de Alarma. Le tocaba acudir a su Oficina Judicial para iniciar la guardia. Como Letrado de la Administración de Justicia, tenía mucha faena de ordinario. Las circunstancias actuales, presididas por un extraño ser llamado COVID-19, la habían multiplicado. Tanto, casi, como el estrés al que se veía sometido. Y ya que salía, aprovecharía para comprar los yogures de la pequeña, el pan sin corteza de la abuela -sí, el toque de queda le había pillado en su casa, éramos pocos…-, y una rosa para su pareja. Las lentejas de la comida, las acabaría al volver.

Estaba lo de siempre, minutar atestados, documentar declaraciones de detenidos, asistir a víctimas y sus órdenes de protección…, eso apenas le inquietaba. La preocupación que le asaltaba era producto de los nuevos parámetros con que tenía que ejercer, ahora, todas esas funciones y potestades. El objetivo sacrosanto se llamaba, protección de la salud pública. A la par, tenía que salvaguardar la salud individual de los miembros de la Oficina Judicial, y la los ciudadanos que acudían a ella.

Así que nada de contacto físico. Que corriera el aire. Todas las actuaciones debían realizarse con el mejor aliado que estábamos descubriendo estos días: la informática. Videoconferencias, firma digital, correos electrónicos, diligencias telefónicas, cualquier cosa en la que no pudiera cabalgar el virus.

Además, le tocaba solventar la organización de los medios personales y materiales de la Oficina Judicial. Organizar, en este caso, debe entenderse por administrar escasez absoluta. La inexistencia de Equipos de Protección Individual había contribuido a la escasez/inexistencia de medios personales para cubrir la guardia. Un solo enfermo, suponía la baja automática de todo un Juzgado, si habían estado en contacto, lo que era habitual. Así cayó el Instrucción 18. Primero Álvaro, un eficaz y apolíneo Gestor; enseguida el Juez Ricardo, bastante menos eficaz y apolíneo…Las plantillas de todos los operadores jurídicos habían mermado considerablemente. Asomarse a los Juzgados, en estos días, era como sentarse a ver el inicio de Mad Max.

Sin darse mucha cuenta, se había acostumbrado a acudir a dos colegas virtuales para levantar el ánimo. Le ayudaba visitar la web del CNLAJ, que había creado varias secciones para apoyar a los compañeros. También frecuentaba un par de grupos de Whatsapp que hacían las veces de cafés telemáticos.

Terminó por abrir el ojo izquierdo: la cama estaba vacía. La claridad se filtraba entre la persiana. El silencio era total. Con el ojo derecho echó un vistazo al móvil: eran las siete y media. Entonces sonrió al recordar que era julio, que su familia estaba en la montaña y que estaba ejerciendo de Rodríguez. Pero sobre todo, esbozó su sonrisa más ancha, al comprobar que el coronavirus ya no seguía allí…

Alfredo Martínez Guerrero
Letrado de Justicia 

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