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confidencias letrado justicia capitulo 8

Confidencias de un Letrado de Justicia. Capitulo 8: Unos ojos que miran

No había forma de borrar del recuerdo aquella mirada infantil. Procedía de unos ojos grandes, rasgados, de iris negros como el carbón; protegidos por unas pestañas largas y curvadas. Cuando  Severo entró en la casa, no eran las 6 de la mañana. Nadie lo diría por el trajinar que reinaba. En el comedor, sentados muy juntos, el pequeño propietario de esa mirada y su hermana -algo mayor, ninguno superaba los ocho años- observaban sin aparentar miedo. En frente, de pie y cara a la pared, estaban sus padres.  Esposados con unas bridas blancas, a medio vestir.  Ella en silencio.  El vociferando, insultaba a todo el mundo.

Tuvo que levantar la voz para mandarle callar.  Lo primero, en un registro judicial, es informar de sus derechos a los moradores, explicarles lo que se va a hacer y notificarles el mandamiento que lo autoriza.  No siempre es fácil llevarlo a cabo.  En este caso, el hombre cerró la boca y todos prestaron atención.  El pequeño también, creyó apreciar Severo.  Consignó en el acta la hora de comienzo del registro, las 5:50 y la notificación realizada.  Sólo en ese momento autorizó a los Policías Nacionales a comenzar el registro.  Buscaban, para variar, droga o cualquier elemento relacionado con ese tipo delictivo.  Una vez más, se iniciaba el juego del gato y el ratón -quién es quién, tendrán que decidirlo ustedes-.  

– Un momento, inspector.  Todavía no vamos a iniciarlo. Ya les advertí en el Juzgado que si había niños, habría que solucionar que hacer con ellos.  No es necesario, ni recomendable, que estén presentes.  Así que o llaman a los Servicios Sociales para que se hagan cargo,  o que sus padres digan quién puede recogerlos.  La voz de su madre se oyó por primera vez esa madrugada.  
– Mi hermana vive en el piso de arriba.  Con la que han formado al entrar, seguro que está despierta.  Si alguien se acerca o me dejan llamar por teléfono, los recogerá enseguida.  

El inspector llamó al número que le facilitó la mujer esposada. En un minuto la tía de los niños entraba por la puerta, escoltada por dos GEOS.  Sus uniformes y defensas intimidaban, aún más, bajo techo. El mas alto, alargó su mano enorme, enguantada, para acariciar -con delicadeza- el pelo largo del pequeño, que no dejaba de mirarlo. Había silencio. La madre lo rompió para dar las instrucciones precisas a su hermana: ropa que debía coger, desayuno a dar, mochila con los útiles escolares. En un minuto quedó el asunto resuelto. Algunos mas para firmar el acta de entrega y custodia de los dos menores a su tía.  Ninguno de los dos niños lloraba, ni tan siquiera parecían alterados.  Le dieron un abrazo a cada uno de sus padres y salieron de la casa de la mano de su tía.  El mas pequeño aún tuvo tiempo para volverse y lanzar una última mirada, quizás sonreía, Severo no estaba seguro. 

La casa era pequeña. Empezaron a registrar por el dormitorio de la pareja. Antes les preguntó el Inspector si querían “colaborar”.  Ni una palabra soltaron.  El registro fue concienzudo. La Policía estaba convencida de que eran distribuidores a pequeña escala de “revuelto”. Nada se encontró en su dormitorio. Tampoco en el de los niños,  en la cocina o en el cuarto de baño. Quedaba el comedor. Ocupó más de una hora sacar y mirar los muchos lugares -muebles, sillones, tambuchos, cuadros…- en los que podía esconderse la droga. El resultado también fue negativo. Severo tenía el acta casi concluida, apenas un par de líneas para reflejar lo hecho y la ausencia de intervenciones. En el pequeño pasillo de la entrada, en una especie de bolso de tela sucia, parecía haber algo. Un Policía lo cogió y lo puso encima de la mesa, delante de los presentes. Severo autorizó que lo abrieran. Lo hizo el Policía que lo encontró. Al bajar la cremallera, apareció una bolsa de plástico celeste. Se veía que  envolvía una bola pardusca, de sustancia terrosa. Un cilindro de billetes marrones, completaba el contenido. Pesaron la sustancia en una báscula de precisión de la Policía y contaron los billetes por clases. 125 gramos, 50 billetes de 50 euros, 30 de 20 euros y 18 de 10, anotó en el acta. Terminó por consignar la hora de conclusión del registro: las 9:30 horas y que los efectos intervenidos quedaban en poder de la Policía Nacional.  Por último, firmaron los Agentes que intervinieron y Severo, la pareja se negó a hacerlo. 

Ya fuera del domicilio, Severo preguntó al Inspector por cómo iban los otros dos registros que estaban haciendo sus compañeros,  Livio y Claudia.  

– Han terminado hace un rato.  Creo que ya deben de estar en sus despachos, le informó el Inspector.   Severo ordenó que lo llevaran al Juzgado. 

A las diez entró en su Oficina Judicial. Se pasó para recoger las actas por los despachos de Livio y de Claudia. Bajaron a reponer fuerzas al lugar de siempre. Allí, con los cafés y los churros, reflexionaron sobre la necesidad de hacer tres registros simultáneos a esas horas. Su experiencia les enseñaba que ni el 10% de los que se concedían de ese modo, estaban justificados; todo era cuestión de operatividad policial.  Pero la decisión  correspondía a los Jueces, no a ellos, como garantes constitucionales de la inviolabilidad del domicilio. Que aquéllos se tomaran en serio ese privilegio/servidumbre era otro asunto al que nadie, parecía, le prestaba  demasiada atención. Los Letrados Judiciales bastante tenían con organizar la manera de hacer efectiva la simultaneidad con la Policía, controlar que los registros se hicieran conforme a lo autorizado y dirigir a la multitud de personas que en los mismos intervenían. Había algunos compañeros que cuestionaban su intervención en esta diligencia. Los tres, por contra, creían que su presencia constituía una garantía de primer orden para todos los ciudadanos. Un lujo procesal de nuestro Ordenamiento Jurídico que el sistema se permitía de momento, aunque fuese a costa del trabajo ingente que ocasionaban a los Letrados de Justicia.

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