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CONFIDENCIAS LETRADO DE JUSTICIA

Confidencias de un Letrado de Justicia. Capitulo 9: La boda

Habían pasado muchas lunas desde el 24 de julio de 2015. Fue a partir de ese viernes cuando los Letrados de la Administración de Justicia asumieron la competencia, una más, de celebrar la ceremonia civil de los matrimonios. A Severo le gustaba esa función. Le ponía algo nervioso, pero le gustaba. Eran pocas las ocasiones en las que el Juzgado celebraba actuaciones sin partes enfrentadas, intereses contrapuestos, vencedores y vencidos. El “día de las bodas”, en los pasillos del Juzgado,  había nervios como en las jornadas de juicios, pero sobre todo había risas, miradas cómplices y buenas intenciones, además de llantos infantiles, carreras de gente que llegaba tarde y olor a ropa recién estrenada.

Cuando tomó posesión, Severo cambió el día que tenían asignado para tales menesteres. La Gestora que se ocupaba del Registro Civil, Filomena, dispuesta como pocas, le comentó que los miércoles no eran apropiados. La gente se quejaba, pero como siempre se había hecho así…nadie se preocupó de cambiarlo. Él lo hizo; si los ciudadanos preferían el viernes para casarse, no había motivo para negárselo.

Todo cambio extiende sus efectos más allá de lo que podemos prever. Severo también cambio, con levedad, sus costumbres.  Los viernes era un día relajado en los Juzgados. Ahora, con las bodas, tenía que cuidar las formas. Desde ese momento, dejó los vaqueros para enfundarse en uno de sus dos trajes.  El oscuro, con la camisa clara y la corbata. Claudia y Livio se burlaban:

parece que vas de primera comunión…

Las bodas las celebraba en la Sala de Vistas. Cabía más público que en ningún otro sitio, además de ser el lugar más noble. Los estrados, los bancos del público, las cortinas de terciopelo rojo, una lámpara de cristal en el techo, la madera de las paredes… ayudaban a solemnizar el acto.  

Ese viernes, de principio de primavera, el sol alegraba el ambiente. Había programada solo una boda. Cuando entraran en mayo aumentaría el número. Filomena le dejó preparado el expediente en su mesa, junto con el acta de celebración casi completa; solo tenían que firmar. Ojeó la documentación, era mejor comprobar que todo estaba en orden. También memorizaba los nombres de los contrayentes; le parecía descortés tener que parar y buscarlos en el  acta, en medio de la ceremonia. Teresa y Friday serían los afortunados de ese día. A las doce se asomó a la Sala para ver si estaba en condiciones. Todo en orden. La boda era a la una pero algunos invitados ya curioseaban por los pasillos judiciales.

Entró en la Sala puntual. Algo más de media entrada, calculó. En el primer banco -eran corridos, como los de las iglesias- , sentados, estaban los novios y los padrinos.  El padre de Teresa, enjuto, con un traje de buen paño, se tocaba nervioso el cuello de la camisa. Teresa, de 28 años, le brillaban los ojos mientras miraba a su padre y le trataba de tranquilizar.  A su lado estaba Friday. Con un traje blanco de chaqueta cruzada, intentaba acomodar el sombrero a su madre, pequeña y de voz grave. 

– Estate quieto, que al final me lo vas a descolocar.

Friday la miró y enarcó las cejas.  Era un hombre grande, muy grande. Cercano a los dos metros, de piel negra como el azabache. Detrás de ellos, los dos grupos de invitados.  Los de la derecha,  nigerianos, todos con vestidos de colores brillantes, ellas con sombreros de tamaños insospechados.  No eran ni la mitad que los parientes de Teresa.  Estaban a la izquierda.  Sus ropajes algo más discretos y las cabezas descubiertas.  Ambos grupos parecían contentos, pero cada uno por su cuenta. 

Buenos días.  Estamos reunidos en este Juzgado para celebrar un acontecimiento importante en la vida de Teresa y Saturday.  Era el comienzo que siempre utilizaba -variando los nombres- Severo.

Un momento, señor Juez, tronó una voz en la Sala, mi nombre es FridaySaturday es otro día, además de mi hermano pequeño.

Perdón, perdón, Sr. Friday, no sé cómo he podido equivocarme, dijo Severo mientras cogía con fuerza el acta.

Hubo risas en la Sala, acalladas enseguida por la mirada furibunda de la madre del novio.

No soy el Juez, sino el Letrado de la Administración de Justicia, que es quien debe celebrar los matrimonio civiles.  Aclarado su nombre y mi condición empecemos.

Como decía, vamos a celebrar el matrimonio de Teresa y Friday.  Una vez que presten su consentimiento quedará constituida la comunidad matrimonial y ejercerán un derecho que les reconoce el artículo 32 de la Constitución Española.  Establece el artículo 66 del CC que el marido y la mujer son iguales en derechos y deberes.  El artículo 67

Severo les informó también del breve artículo 68.  Era discutible si ese pequeño parlamento jurídico hacía poco glamurosa la ceremonia.  Había algunos compañeros que introducían variables más o menos poéticas. Severo no era partidario de sermones y se ajustaba al guión legal.  Así que preguntó a Teresa si consentía en contraer matrimonio con Friday y si efectivamente lo hacía en ese acto.  Una voz cantarina y alegre dijo sí, mirando al que sería su marido en unos segundos.  Hizo la misma pregunta a Friday, pensando en la película del Graduado. Siempre había fantaseado Severo con vivir una historia semejante. Que apareciera alguien en la Sala, corriendo y dijera el nombre de la novia a voz en grito: Teresa, Teresa!!! Justo en ese momento, se abrió la puerta del público en la Sala de Vistas.  Severo ya oía la música de Simón&Garfunkel, alguien entró corriendo…era Saturday, con una cajita en la mano que, veloz, dio a su hermano. 

Simon & Garfunkel - The Sound of Silence (from The Concert in Central Park)

Tras un resoplido de descanso, Friday dijo que sí, mientras cogía uno de los anillos y lo ponía en el anular de Teresa.  Contenta, la novia hizo lo mismo en el dedo de él. La pareja miró a Severo que pronunció las palabras mágicas: Os declaro unidos en matrimonio. De su cosecha añadió, puedes besar a la preciosa novia. Friday puso las manos en la cara de Teresa y la acercó a la suya. Los parientes de ambos gritaron de alegría. Severo esperó paciente para pedirles que firmaran el acta. Mientras los miraba pensó que antes o después vería a Dustin Hofman por su Sala.

 

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